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Esteban Hernández Tamés

Esta tarde visité Luvina. Inmediatamente percibí cómo el lugar estaba plagado de esa piedra gris con la que elaboran cal.

Las paredes se acercaban a mí con cada paso que daba. Cada respiro parecía ser el último, y estaba acompañado de un eco infinito. Eso era lo único que se escuchaba: cada respiro.

En una esquina se encontraban algunos hombres, la edad no develaba en ellos el transcurrir del tiempo; se encontraban ahí, sentados sobre unos costales, viéndome. Las casas parecían repetirse, y pronto perdí el sentido de ubicación.

Silenciosamente, el que parecía más viejo se acercó a mí, y con mucho esfuerzo logró decirme:

—Ya mirará usted el viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted.

Su voz resonó alrededor de mí, parecía que el lugar quería asegurarse de que escuchara cada palabra de lo que aquel viejo debía decime. No me tomó por sorpresa su extraño comentario, iba acorde con el lugar y todo lo que, hasta el momento, había sucedido.

—Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Aquí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca.

Levanté mi mirada hacia el cielo, como tratando de confirmar lo que acababa de escuchar. La descripción del anciano no fue acertada; el cielo se encontraba completamente despejado. Sentí como si el azul sobre mi fuera nuevo, visto por primera vez.

No podía apartar la vista de aquél cielo, hasta que una sensación extraña me rodeó. Algo era distinto.

— ¿Qué es?- le pregunté.

— ¿Perdón?

—Eso, el ruido ese.

—Es el silencio. Por cualquier lado que se le mire. Luvina es un lugar muy triste. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la risa.

Supe que no había vuelta atrás, y solamente alcancé a preguntarme:

¿Visité Luvina?

~

Esta tarde visité Comala. Me encontré con un anciano fumando un cigarrillo húmedo en la banqueta. Su cara me pareció familiar, como si hubiera pasado años en la misma boca del infierno.

—Bienvenido a Comala, me dijo con una expresión vacía.

— ¿Está seguro de que esto es Comala? Allá atrás me dio la impresión de encontrarme en Luvina.

—Seguro, señor.

Me pareció extraño que me llamara de esa forma, yo no era ningún señor, más bien un muchacho perdido.

— ¿Y aquí es todo siempre tan triste? le pregunté, sin entender muy bien por qué.

—Son los tiempos, señor, dijo antes de levantarse y apagar su cigarro. Me miró, y escuché como el viento se llevaba las cenizas.

Las calles se encontraban llenas de montones de piedras equidistantes entre sí. Algo me decía que esas piedras no se encontraban ahí naturalmente, no tenía sentido.

A pesar de todas estas situaciones tan extrañas, seguí caminando por inercia, con la mente en blanco.

Conforme avanzaba, creí escuchar quejidos provenientes de las piedras. “Nadie se lamenta de nada” pensé, mientras seguía mi recorrido.

Frente a mi encontré un camino de tierra. Había estado recorriendo calles similares, pero ésta era distinta. Se encontraba en perfectas condiciones, ni una sola mota de polvo fuera de su lugar.

Transición.

Comencé a escuchar un ruido semejante al de una sierra, cada vez más fuerte. Mi vista empezó a nublarse, y poco a poco el ruido lo fue devorando todo y todo se desvaneció.

>> Desde entonces la tierra se quedó baldía y como en ruinas. Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola. >>